miércoles, 1 de mayo de 2013

MARTINA

Sólo mira por la ventana, con cara de ángel caído y la imaginación apabullada recorre el laberinto inerte de sus voces calladas donde pretende encontrarse con aquel pasado liviano que le regocija su alma. Martina tuerce sus manos y recita unas cuantas palabras – me queda todo y ya no me queda nada - , entonces el mundo se levanta y de a poco en colores se baña.

Su casa esquinera es modesta y un poco arrebatada, ruidosa por sí y por nada, pero con el mayor esmero de una dama Martina se levanta para acomodar lo poco que en la vida la acompaña, trebejos de antaño que parecen haber sobrevivido a mil batallas, negada a desprenderse de ellos pues cada uno cuenta una historia lejana, son los gritos de su memoria que la anclan al mismísimo suelo de esta tierra, que par su ser, es amarga. Empieza la diaria jornada, largas caminatas, no por gusto, sino por el peso en sus espaldas, aquella carga de preocupaciones que sólo aquejan a los que nacen desprotegidos y sin gracia, alimentarse, vestirse y otras cuantas banalidades que persiguen la mente humana.

Recorre las tiendas, - carnes, verduras, enlatados y de más para la semana- Martina se apresura a agarrar lo que puede y hace falta, no hay paso a la espera, otros la acompañan, tropieza con amigos que nunca dicen nada, todos callados y sumidos en un mundo que espanta, borroso y perdido en vapores de hiervas extrañas, soplos de amarillo trastorno que ennegrecen el alma. Martina recuerda que de aquella niña ya no queda sombra que a su lado vaya, la que jugaba con muñecas y se reía a carcajadas, de sonrisa impecable y sueños de hadas, la doctora, la enfermera, la ejecutiva agraciada, todo entre sus dedos se escurrió el día de la desgracia.

Era el 18 de mayo de un año perdido, los niños reían y el aire olía a ese verde espeso que conquista los rincones de los cuerpos adormecidos en la mañana, todo sol, toda ternura, se agitaba el día con los vapores del alba hasta que llegaron los que no se nombran, por terror o por presagiar desgracia. Era cientos y todos mataban, de repente sus manos gritaban tan fuerte que ensordecían al alma y los cuerpos caían anclados al suelo de pinceladas carmesí bajo el cielo gélido de tanta sombra y pena derramada.

Era como una peste, nada en pie quedaba, a hurtadillas los ojos incrédulos desde los escondites miraban, entonces cayó la lluvia como venda salvaje para cobijar aquellos instantes y hacer de su dolor no haber sido, recuerda Martina mientras las lágrimas se escapan de esos ojos negros y hundidos entre su cara.

Comienza el desfile por la montaña, con la vida desgarrada se arrastran por la vereda buscando tierras lejanas para esconder el amargo de sus días, pero cada paso es una sombra pesada, dejar lo vivido y empezar en la nada, buscar otra selva y encontrar una ya no tan verde como la añorada, la triste y desolada ciudad embriagada en su propia desgracia acoge a aquellos perdidos que sólo ocupan un lugar más en la calzada. Martina observa la inmensidad de aquello que no conocí y menos imaginaba, paredes enormes que se comen el cielo de una sola bocanada y ese ruido ensordecedor que nunca se calla.

Cae el sol y el día muere en el ocaso, el alba besa las mejillas de Martina y se levanta con la cara pintada por las sábanas, al abrir sus ojos cree ver su casa, un leve recuerdo aún la acompaña, pero la realidad le golpea y entiende que de aquello ya no quedó nada, que ahora vive en la esquina de una calle, es desplazada y además ignorada, por unos y por otros, por todos y por nada, que ha hecho Martina para ser invisible a los ojos del alba, no mucho, pero aun así es una voz callada, que gritaba pero todos corren para que se pierda en la nada, para no tener que ver la cara de aquella niña lejana, su hambre, tristeza y la ausencia de ganas.

Sí Martina, ya no tienes casa, es la esquina de una calle lejana, donde suplicas por una moneda que para otros no vale nada, sólo este cielo te acompaña, aun así una sonrisa se te escapa, es el recuerdo, ese que te alimenta el alma, entonces te sumerges en ese sopor en el que no sientes más que la lluvia resbalando en tu cara, te transportas a una tierra lejana donde tu voz se escucha, donde no eres ignorada. Martina se ha ido ¿Acaso no aprendiste nada?