viernes, 28 de junio de 2013

LUNES

Atravesó la brevedad de una ciudad mientras su mente inquieta dibujaba siluetas de un deseo escarpado que pronto sería alcanzado al caer en sus labios. Al pisar nuevamente la tierra subió con las piernas descontroladas hasta el lugar más alto, donde una paciencia inquebrantable entregaba el fruto a esa espera interminable. Abrió la puerta y su corazón a medio explotarse cayó rendido al perfume de ese cuerpo ardiendo en deseo por besarle. Cerró los ojos para no mirarle y con el alma abierta empezó entregarse entre labios, manos y ropas que iban cediendo ante la desnudez de una noche inolvidable. Con la piel encendida, las lenguas quisieron apagar la fiebre recorriendo cada valle, dibujaron fronteras sin ceder a los rincones donde el deseo arde, amansaron estrechos senderos que serían reclamados más tarde y nuevamente cayeron rendidas al fundirse en una misma carne. Condujo su piel desvestida hasta aquel salón antes recorrido donde tantas noches vio su cuerpo doblarse, recordó aquellas paredes que entre silencio y silencio quisieron hablarle. Volvió sus ojos al cuerpo tendido que esperaba cautivo se entregase, aquel rostro perdido que nuevamente volvía a encontrarle y que hoy le llamaba para fundirse entre pieles y sexos clamando por tocarse. Abrió su ceno y el ardor de aquel fuego le fue consumiendo incesante, torció sus ojos al cielo en un vago intento por quejarse pero su cuerpo hundido renunció al exilio para finalmente entregarse. Sus piernas palpitantes olvidaron aquel dolor y un rojo prohibido fue la prueba de ese estrecho camino que ahora se abría por el asta enfurecida que volvía a reclamarle. Sintió el palpitar que se mecía y su mente enmudecida dio libertad al cuerpo que con gozo se movía sin más palabras que ese breve grito que no puede escucharse, suave melodía que marcó el lienzo que le cubría como recuerdo de una batalla vivida, del cansancio de su rostro hundido entre las sábanas y sus piernas apretadas por un calor del que no puede olvidarse.