lunes, 13 de octubre de 2014

Gotas

Vio caer la gota; lentamente dibujaba por su espalda aquellas noches tantas veces deseadas, cada roce de la palma como brisa en la sabana, fue tendiendo el pecho en la penumbra de su cama.  Allí yacía anclada su alma, sin voluntad, con todas las ganas y como puertas de una promesa alcanzada sus piernas vencidas no dieron batalla. Vio caer la gota, seguida de ríos salvajes al compás de aquella cintura que tibiamente se quebraba, escudo y espada sobre la carne que ardiente se amansa, mientras sus ojos se tumban en hojarascas de la nada.  Y allí estaba, hundiendo la cara entre almohadas, gritando con la mirada desenfocada que su vientre le ardía con cada estocada. Al rato cerraba los ojos buscando la calma, que el volcán de sus ansias no se rebosara y le permitiera seguir retorciendose sobre las sábanas. Vio caer la gota, esta vez de aquellos labios que furiosos le buscaban, entonces sintió cómo su cuerpo le abandonaba, cómo se rendía lentamente a esa muerte tan esperada, de formas dispersas que le brotaban de las entrañas. Vio caer su fuente sobre el mismo pecho que de palideces palpitaba, tibio por la eufórica jornada y dispuesto al abrigo si mas fuerzas que para una respiración agitada, ahí en ese rincón, donde no existen las palabras y el sueño perpetuo se apodera de dos almas cansadas.