lunes, 9 de marzo de 2015

ERAN CARNOSOS SUS LABIOS

Eran carnosos sus labios, con un asomo de desierto, ansioso por la sed de un prolongado naufragio. Eran de una palidez de fruta tierna, pero tan tibios que al primer contacto queman, ardientes de ansias y furiosas lenguas por orillas indescifrables que se desbordan en un suspiro, rendido por la bastedad de ese ahogo entre las piernas. Eran de esa carne que se anhela, donde se barajan todas las ideas para que el cuerpo no oponga resistencia, mientras los párpados descienden buscando en la oscuridad la complacencia.

Eran carnosos, de brazas y ardores que azotan sin clemencia, de un escalofrío que se riega por la espalda, saliendo a gritos como la primera nota de un acorde que entre palpitares se embriaga, por los albores de esa miel que se anhela, latiendo entre sábanas y puños de hierro mientras se muerden las sábanas por el placer en que se entregan, allí, muriéndose en silencio, como si el mundo no existiera.

Esos eran sus labios, una caricia eterna donde el alma se libera.